Pan con aroma de sangre boliviana en España
Jubenal Quispe,19 junio,España
La siniestralidad laboral que ha sufrido el trabajador inmigrante de origen
boliviano, Franz Melgar de 33 años, en una panadería
de Gandía-Valencia, en España, el pasado 28 de mayo, es una
gota más en el océano de las tragedias impunes que soportan
cotidianamente en silencio los colectivos de inmigrantes indocumentados. Sólo
que esta vez la sangre del mencionado trabajador, por la amputación
violenta de uno de sus brazos, saltó hasta las cámaras de la
televisión. Situación que “conmovió” a ciertos
sectores de la sociedad española, porque una arista de la realidad
permitida en el submundo privado restregaba a la moral pública española
de los derechos humanos.
En España existen cerca de 1.5 millones de inmigrantes indocumentados, que como Franz no sólo amasan el pan que se consume en España con su sangre, sino que con sus trabajos mal pagados, y en condiciones de semi esclavitud laboral, sostienen y subvencionan al Estado de Bienestar.
Cientos de miles de mujeres sudamericanas y africanas cuidan
a las criaturas y personas ancianas dependientes en los hogares españoles
sin que medie ningún contrato laboral, porque el servicio (servidumbre)
doméstico en España aún no es del todo considerado un
trabajo. Por eso, la Ley establece el contrato escrito como voluntad discrecional
del empleador para esta actividad.
Para los y las inmigrantes indocumentados, este servicio se constituye en
verdaderas “cárceles domiciliarias” porque, al no contar
con el permiso de residencia, no pueden salir a la calle con libertad por
miedo a las asechanzas de la policía que los persigue como a delincuentes.
De este modo, quienes están en los servicios domésticos, en
calidad de internas, no sólo trabajan entre 12 a 14 horas diarias,
sino que están a disposición las 24 horas del día para
los gustos y disgustos de sus empleadores. Sin vacaciones. Sin ningún
tipo de seguro al no contar con un contrato laboral. Sin poder hacer vida
social, ni familiar. Sin poder visitar, ni recibir la visita de sus seres
queridos de sus países de origen. La gran mayoría vive estresada
al límite, con permanentes dolores cervicales porque cuidan a personas
en condiciones límites. Todo esto, a cambio de un sueldo promedio de
600 euros mensuales, que en ciudades como Madrid el alquiler mensual de un
piso aún no baja de los 700 euros.
Éste es parte del precio del creciente ejercicio profesional
y vida pública de un buen sector de la mujer española en los
últimos tiempos. Las mujeres inmigrantes están liberando a muchas
mujeres españolas. Éste es el crisol más evidente de
cómo el Estado de Bienestar español, ahora, en serio proceso
de malestar, se sostiene sobre las espaldas de la mujer inmigrante, porque
el cuidado de la infancia y de las personas dependientes le corresponde al
Estado.
Colectivos de inmigrantes indocumentados, incluido el boliviano (uno de los
principales grupos de indocumentados), ante el silencio cómplice del
Estado español, engordan con su trabajo la economía sumergida
en España. Empresarios que exigen seguridad jurídica para sus
inversiones en los países de origen de inmigrantes, amortiguan sus
pérdidas financieras en tiempos de crisis con el trabajo mal pagado
o no pagado a inmigrantes indocumentados. Mientras, ahora, la economía
oficial española decrece, la economía clandestina en este país
creció el pasado año en cerca de 2%. Ya en el 2006, la economía
sumergida representaba el 23% del PIB español (Naïr, 2006).
Este es el problema de fondo de la sobre explotación
humana en el mismísimo corazón de la envejecida civilización
de los derechos humanos. Problema que cobra ribetes de película en
épocas de crisis. Claro, los Estado ricos dan dinero a los bancos,
éstos no quieren prestar dinero a los empresarios, y los empresarios
de alguna manera tienen que mantenerse a flote (es una explicación,
mas no una justificación), para ello echan mano de inmigrantes indocumentados
como de simples instrumentos laborales desechables (el acto de arrojar a la
basura el brazo cercenado de Franz y abandonarlo cerca de un hospital, vertiéndole
serias amenazas…, es la materialización de la visión utilitarista
del empresariado “ilustrado”, en buena medida reflejo de la civilización
occidental). El o la inmigrante, según la estructura sociopolítica
española, no es sujeto de derechos. No tiene derecho a tener derechos.
Es un no-sujeto. Un instrumento laboral, más
no una persona. He aquí la razón del por qué son reducidos
a simples insumos rentables para la viabilidad del sistema del Estado de Bienestar.
Pero, lo que más irrita a la inteligencia es la capitalización
política que el gobierno español y algunas autoridades del cuerpo
diplomático boliviano han hecho de la desgracia Franz. El
gobierno socialista español, para congraciarse con el potencial de
inmigrantes electores, aprovechó la ocasión y concedió
en cuestión de horas un permiso de residencia laboral a Franz.
¿De qué le sirve a un inmigrante discapacitado un permiso
de residencia laboral? Además, Franz expresó públicamente
su deseo de volver a Bolivia porque sabe que un inmigrante discapacitado es
un muerto en vida en el extranjero. ¿Acaso no es lo más sensato
conceder permisos de residencia laboral a los cientos de miles de inmigrantes
que trabajan en condiciones de semi esclavitud, silenciados por las amenazas
de sus empleadores inescrupulosos y condenados a la clandestinidad por la
persecución policial?
Quizás sólo así puedan ser creíbles las expresiones
de sentimientos humanos manifestados por los políticos ante la tragedia
de Franz, iceberg del submundo de las tragedias escondidas de indocumentados.
De lo contrario, la (des) consideración de inmigrantes como simples
músculos cercenables para sanear la economía, por parte del
gobierno español, y como ausentes temporales rentables, fuentes de
divisas económicas, por parte de los gobiernos de los países
de origen, continuará siendo una evidencia irrebatible. Mientras tanto,
nadie que se sienta heredero consciente y parte del patrimonio del avance
de los derechos humanos podrá callar sin remordimiento ante la tragedia
permanente y silenciosa de sus semejantes.
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