DERECHO A LA VIDA: ¿DERECHO CONSTITUCIONAL
O REAFIRMACION DEL
PATRIARCADO?
Ma. Bolivia Rothe C.
Boliviana, Médica salubrista; feminista y activista de los derechos
de las mujeres y el fin del patriarcado.
Una de las formas más terribles pero más sutiles de opresión
de la
mujer en nuestras sociedades capitalistas y patriarcales, ha sido la
administración del uso del cuerpo de la misma por parte del varón.
Cuando un hombre se casa, no pierde su nombre, sigue siendo "Juan
Pérez", pero la esposa es "la señora de Pérez",
hecho que demuestra
claramente, como la mujer, por el hecho de haberse
unido "voluntariamente" al hombre, pasa a ser "de su propiedad",
o
sea, algo parecido a un objeto, a una pertenencia del varón, como el
vehículo, la casa, el llavero. Esta actitud de pertenencia es
refrendada "santamente" por la Iglesia Católica, como parte
del poder
establecido por el patriarcado para seguir sojuzgando "in eternum"
a
las mujeres, negándoles el derecho fundamental y por lo tanto,
inalienable e imprescriptible de ser dueñas de su propio cuerpo y,
lo
que es peor, de su propio placer y disfrute.
Este poder omnímodo de la Iglesia Católica frente al estado,
(que
además no puede ser discutido porque deviene "divino" ) es
el que
finalmente se impone a la hora de hablar de los derechos de las
mujeres a decidir libremente qué hacer y cómo hacer con su cuerpo
y
su sexualidad; por supuesto, esto va aparejado de la consigna
religiosa que la mujer no puede sentir placer porque el placer
es "pecaminoso" y que ella, la mujer, debe mantenerse " santa
y pura"
para que, eso si!! el varón "la disfrute" a discreción
(no que
disfruten juntos), sin importar que pasa al interior de ese ser en el
momento pleno de ese supuesto disfrute, compartido o no.
Demasiados candados para un ser que es tan humano como cualquier
otro, que siente, que ríe que llora, que se desangra mes a mes,
dejando huir una duda o una esperanza; demasiadas ataduras en pleno
siglo veintiuno, como si las mujeres no fuéramos otra cosa que
máquinas de hacer hijos, olvidando lo que significa preñarse
y parir.
Olvidando que ese simple hecho cotidiano -el preñarse y parir- puede
significar un grave riesgo de muerte, si no está hecho en las
condiciones adecuadas.
Y que podríamos decir de las mujeres adolescentes, niñas, que
víctimas de un incesto, de una violación, -el acto más
sangriento y
terrible de barbarie que un ser humano puede cometer contra otro-,
resulta preñada? O sea que porque "el derecho a la vida se inicia
en
la concepción", esa niña deberá cargar toda su vida
con el fruto de
un embarazo no deseado, una maternidad acelerada y un millón de
heridas en el alma que no se cerrarán jamás porque la sociedad,
tan
pechoña, cobarde e hipócrita el niega el derecho legítimo
a su
reivindicación como mujer? O sea que lo que pasa en las fibras más
íntimas de una mujer en el momento que es violada, que es forzada a
entregar lo más preciado que tiene que es su cuerpo, no puede, no
debe importarle al estado? O sea que la mujer no es sujeta de
derechos y el producto de una concepción mal habida si lo es? En qué
lugar empiezan y terminan las fronteras de los derechos humanos para
las mujeres? Existen? O es que esta sociedad prefiere ignorarlos
porque no le conviene hacer que por fin las mujeres tengamos derecho
a decidir? Porqué no se hablan las cosas como son, de manera
valiente y decidida? Porque no somos capaces de ser más honestos con
nuestra prerrogativa a decidir libremente?
En este nuestro país, donde hemos iniciado una revolución democrática
y cultural, se ha instalado una Asamblea Constituyente para refundar
un nuevo país. Pero la refundación del nuevo país no
solamente
significa nuevas reglas de convivencia en el orden político,
administrativo o económico; también lo significa en el orden
moral.
No podemos cerrar los ojos a realidades que gritan en el País; hechos
como que la Razón de Mortalidad Materna es la más alta de
Latinoamérica y que una gran parte de esas muertes ocurren en mujeres
jóvenes, adolescentes a consecuencia de abortos clandestinos, mal
practicados y en pésimas condiciones de higiene y que además,
las que
no mueren, corren el riesgo de quedar con graves secuelas que
comprometen su posibilidad reproductiva, a veces, de manera
irreversible. Es decir, dicho en palabras menos técnicas, que esas
mujeres víctimas del abuso machista, patriarcal y consentido
societalmente de los varones, una vez que superan el trauma (si es
que alguna vez se puede superar el trauma de una violación) y deciden
libre y voluntariamente preñarse y parir como producto del amor y el
deseo, o como producto de la reafirmación de su prerrogativa de ser
madres, no podrán hacerlo y al estado poco o nada le importará
que
estas secuelas profundas permanezcan en el cuerpo y la mente de miles
de mujeres, sin que la sociedad se solidarice con ellas.
Por lo tanto, como diría mi querida compañera Raquel Gutiérrez
Aguilar, estamos frente a un caso más de opresión a las mujeres
y
esta opresión, como cualquier otro ejercicio de poder está sostenida,
no por una serie de limitaciones, de prohibiciones perversas, de
exclusiones rígidas, sino por una múltiple, difusa, continua
e
intangible serie de prescripciones de aquello que socialmente es una
mujer y, por lo tanto, de lo que es un varón. En resumen se trata de
un tema político, eminentemente político y de ejercicio del
poder,
por lo que una vez más comprobamos, no sin amargura y rabia profunda,
que el poder a las mujeres se nos sigue negando, así sea el poder de
decidir sobre nuestras propias vidas.
Por lo tanto, la decisión asumida en días pasados en el seno
de la
Asamblea Constituyente, no es otra cosa que la reafirmación del
patriarcado y dista, de muy lejos, de ser una defensa seria, sincera
y comprometida del derecho a la vida.
La Paz, Bolivia 1º de Junio de 2007
*Boliviana, Médica salubrista; feminista y activista de los derechos
de las mujeres y el fin del patriarcado.
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