De sábado a sábado, desde Bolivia


El alzamiento popular inconcluso y la realización parcial de la agenda de octubre

Remberto Cárdenas Morales, La Paz, 17 de octubre de 2009.

En homenaje a los caídos el 2003: de ellos recogemos sus cenizas y el fuego.
Sin el alzamiento popular inconcluso de octubre de 2003 (o insurrección), especialmente en El Alto, del que deriva la agenda o tareas con aquel nombre, no existiera el actual proceso de cambios ni el gobierno que es parte indisoluble suya o al menos se hubiera postergado la resolución de la crisis estatal y política vigente largo tiempo en Bolivia. En otras palabras: aquel alzamiento y las tareas planteadas entonces ayudaron a la acumulación de fuerzas que generan el cambio de situación política que vivimos o protagonizamos estos últimos casi cuatro años.

Los partidarios de la teoría del conflicto dirán por aquellos hechos que fueron una oportunidad para resolver los problemas que afectaban y aún afectan al país y al pueblo boliviano. Resumimos así esa teoría y práctica del conflicto con el propósito de que se tenga en cuenta que la lucha del pueblo, particularmente en octubre de 2003, abrió la vía que generó la transición y el gobierno actuales.
Otros, como el que escribe esta nota, asumimos y propagamos que aquellos hechos y los ocurridos los últimos casi cuatro años son posibles gracias a la lucha de clases y a la lucha de los pueblos indígenas, que son la fuerza que materializan los cambios. Esta teoría y práctica, sea aceptada o rechazada (lo frecuente es que se la ignore), los cambios y el gobierno actuales no dejan de ser el resultado de aquella pugna. Más aún, la lucha de los pueblos indígenas es como se extiende o como se manifiesta la lucha de clases.

El Presidente de la República en su discurso del último 6 de agosto dijo que recibió como herencia un pueblo dividido en clases sociales y refirió que los ricos impiden que los pobres o empobrecidos mejoren sus condiciones de vida y de trabajo. Sin decirlo expresamente, creemos, Evo Morales allí habló de la lucha de clases, aunque de manera implícita.

El Vicepresidente de Bolivia, para Le Monde Diplomatique, edición boliviana, cuando evaluó la conspiración desarrollada en la media luna, señaló que allí hubo lucha de clases, pero parcial. Sin explicaciones, luego de esa fecha, ha mencionado la lucha de clases en el país.
A lo dicho por los principales gobernantes bolivianos se suma lo que propagan otros analistas del proceso y del gobierno de nuestro país: también sin escribir lucha de clases, leen la realidad boliviana, es decir, la lucha de clases o la modalidad particular de aquella en este suelo.

Al cabo de seis años de la insurrección popular inconclusa de octubre de 2003 (o alzamiento), es decir, la lucha de clases desarrollada sobre todo en El Alto y la denominada agenda de octubre, voceros o actores de esos hechos, dicen ahora que la agenda de octubre fue abandonada o traicionada por Evo Morales. Sobre la insurrección inconclusa (porque el pueblo no alcanzó a tomar el poder), aseguran que en El Alto se vive “peor que antes de 2003”; que los alteños y bolivianos sólo ganamos “muertos, heridos, viudas y huérfanos”; que “se traicionó la revuelta que surgió el 2003”; que defensores del gas viven como “mendigos”.

Entre los que comparten aquellas opiniones sombrías sobre El Alto y sus habitantes, aseguran que en esa ciudad la desocupación afecta al 11 por ciento de su población y que ésta es azotada por la pobreza. Las dos últimas constataciones no son, sensiblemente, una realidad sólo alteña. Desocupación y pobreza son flagelos que se sienten y se soportan en todo el país, lo que el gobierno trata de cambiar positivamente.

Sin embargo, las afirmaciones de aquellos dirigentes sindicales y de barrio, que son partes de una desacreditada oposición desde la izquierda, aunque varios de ellos no tienen ni ideas ni un comportamiento que sea de la izquierda. Por ello, dudamos que defiendan, consecuentemente, los verdaderos intereses regionales, populares y nacionales. Además, esas afirmaciones difundidas por la mayoría de los medios, se dirigen contra el gobierno en funciones, pero, con una ligereza propia de aquellos actores y en varios casos dirigentes, cuyo aporte no se puede negar, aunque actualmente los acontecimientos los han sacado de las batallas cotidianas o del centro de éstas.

No obstante, esos dirigentes cundo menos debían enterarse de que el Centro de Estudios para el Desarrollo Laboral y Agrario (CEDLA), que mantiene opiniones críticas respecto del actual gobierno, en uno de sus últimos estudios afirma que los pobres ganan un poco más que antes y que los más ricos ganan un poco menos que antes. Aquella ONG, sin embargo, refiere que la desocupación y la pobreza en Bolivia siguen sin solución, a pesar de las salidas que se buscan.

Algo esencial se olvida, incluso los gobernantes parece que se han convencido de que construyen el poder sin haberlo tomado en su totalidad. En los primeros meses de este gobierno, el Presidente y el Vicepresidente dijeron que había que marchar hacia la toma de todo el poder y que el gobierno era sólo una parte del poder político que había que ganar sin parcelaciones.
Creemos que en Bolivia no se resolvió la cuestión fundamental de toda revolución verdadera: la toma del poder pleno, vale decir, que Evo Morales y los movimientos sociales apenas tienen control del gobierno, lo que algunos ponen en duda que así sea porque agregan que el poder gubernamental no acaba de organizarse.

Es cierto que las elecciones son el camino elegido para reproducir esa parte del poder y de continuar la marcha por la conquista de todo el poder. Y por más original que sea el proceso de cambios y el gobierno que los hace posible, con los desatinos incluidos y sin que éstos sean lo principal, sino algo como un resultado adicional inevitable, al menos hasta este momento.

La victoria electoral de los pobres y del pueblo con Evo Morales y con los candidatos a la Asamblea Legislativa Plurinacional, mejor si aquel triunfo es con dos tercios o una aproximación a ese porcentaje electoral, ayudará a organizar un gobierno democrático y popular con un potencial acaso incontenible para avanzar hacia una revolución democrática y cultural, no como meta final sino como un tramo de una marcha que se espera continúe sin claudicaciones que nieguen los cambios o la profundidad de éstos.

Para nosotros —reiteramos en esta nota— el proceso de reformas avanzadas que vivimos y/o protagonizamos si siguen por un cauce democrático, popular y antiimperialista podrán enlazarse con una revolución, con todas las peculiaridades sólo imaginables ahora. Empero, para que sigan las reformas avanzadas es necesaria la victoria de Evo Morales, del pueblo y de los empobrecidos el 6 de diciembre, y con el mayor electorado posible.

Sobre la “agenda de octubre” y la presunta traición o realización sólo parcial de aquélla, caben algunos apuntes. Como han recordado medios de difusión, los principales puntos de esa agenda son: nacionalización de los hidrocarburos, abrogación del D.S. 21060 (neoliberalismo), justicia para las víctimas o juicio contra Gonzalo Sánchez de Lozada y sus cómplices, convocatoria a una Asamblea Constituyente (para que reconstituya el Estado boliviano) y expulsión de la empresa Aguas del Illimani.

Esa agenda contiene elementos de lo que contendría un programa, pero no es un programa de gobierno, como generosa pero equivocadamente sostienen algunos partidarios suyos respecto de esa ella. Tampoco decimos que carezca de sustancia ese documento.

Si fueran serios los dirigentes que responsabilizan al gobierno de Evo como traidor a esa agenda, cuando menos deben de añadir que todos esos puntos “programáticos” han sido ejecutados por aquél, aunque sin la radicalidad que se esperaba y como fue el mandato de la movilización del pueblo, especialmente, la de los alteños.

El actual gobierno, añadimos nosotros, ejecutó de manera inconclusa la agenda de octubre, por eso mismo sostenemos que aquí transcurre un proceso de reformas avanzadas, lo que anuncia la posibilidad de continuar por esa ruta hasta el despliegue de una revolución, según la teoría y la práctica de las revoluciones que triunfaron en el mundo, antes y ahora.

Incluidos los desplazados del gobierno y del proceso, pero que no son enemigos de los cambios, deben admitir que la insurrección popular inconclusa de octubre de 2003, abrió la senda a la transición boliviana. Sin la primera no hubiera la segunda. Lo ocurrido en octubre de aquel año, además, se sumó a tantas otras batallas clasistas, regionales, populares y nacionales. Esa es la historia que debemos contar con veracidad.

La fuerza, organización, unidad y conciencia del pueblo boliviano (sumada la situación internacional) impidieron que este último tome el poder. Por eso vale la pena recordar lo que varios dijeron luego de instalado el “nuevo” gobierno, sólo en parte nuevo, tras la derrota y huida de Sánchez de Lozada: alteños y el pueblo pusieron los muertos, el nuevo gobernante puso los ministros, muchos de los cuales nada hicieron para tumbar al viejo gobierno.

Olvidar aquel inmenso aporte del pueblo boliviano para cambiar sustancialmente la situación política vigente hasta diciembre de 2005, es una forma de una ceguera, aparentemente incurable, de innumerables políticos y sindicalistas con cierta falsa aureola de izquierdistas.

La insurrección popular inconclusa de octubre de 2003 fue la partera de la transición de este tiempo y la agenda con el nombre del décimo mes del año la materializa el gobierno, aunque sin la profundidad esperada, la que se postula para la segunda etapa de Evo en el Palacio Quemado.

Entonces la agenda de octubre será ejecutada, la que por su forma y por su contenido debe reforzar la profundidad de los cambios en Bolivia, como parte de un programa transformador.

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