La tiranía bancaria y la incertidumbre colectiva
Jubenal Quispe, periodista y escritor boliviano
Las sociedades del norte comienzan a sentir un pánico creciente por la incontenible ausencia del dinero. Nunca antes, en el último medio siglo, la inseguridad cundió en la cotidianidad como ahora.
La incertidumbre se apodera del imaginario colectivo porque la seguridad estaba fijada en el dinero. En el dinero depositado en los bancos. Se creía que mientras había dinero se podía incluso huir del cambio climático, alargar la vida, atrapar la felicidad, etc. Ahora que los templos del dinero, los bancos, comienzan a cerrar sus compuertas por seguridad, el miedo y el lamento trepa hasta a las clases sociales menos sospechadas.
El 2008, 2,6 millones de puestos de trabajo fijo fueron destruidos en los EEUU. En 1945, después de la II Guerra Mundial, se destruyeron 2,7 millones de fuentes laborales, pero, entonces, la Población Económicamente Activa (PEA) era mucho menor de la que hay ahora en dicho país. En total, en los EEUU, sobreviven cerca de 11,1 millones de parados.
En España, hasta enero del 2009, el pujante ejército de desocupados
bordeó los 3,3 millones de personas, que representa el 11.1% de la
PEA. Sólo en el mes de enero se cerraron cerca de 200 mil fuentes de
trabajo en España. Está previsto que enero próximo nos
encontrará con 4,5 millones de desocupados a nivel nacional (18.7%
de la PEA). En cuestión de meses hemos pasado de alardear la octava
potencia mundial en la industria, a ser la primera potencia de desocupados/as
en el marco de la Comunidad Europea.
Mientras estas macro cifras se concretan en la desesperación
e incertidumbre existencial para los ex trabajadores/as, ahora buscadores
de empleo, los banqueros impasibles miran con desdén el sufrimiento
de los empresarios y trabajadores desdichados. Acumularon tanto dinero con
el libertinaje del mercado que ahora no sólo endurecen las condiciones
de los créditos, sino que simplemente se niegan a prestar dinero a
las empresas (por seguridad).
Está claro que, si no hay crédito financiero, no hay inversión,
por tanto, tampoco hay trabajo. Y si no hay trabajo, la gente comienza a retirar
sus ahorros para vivir. Esto es una vorágine suicida que una mínima
inteligencia la capta.
A pesar de esto, los estados continúan empeñados
en arrojar los ahorros estatales y los impuestos de una población cada
vez más desocupada a la avaricia de los bancos. Sólo para graficar
con ejemplos:
El gobierno de los EEUU acordó la entrega de 700,000 millones de dólares
a la banca para su rescate.
Algunos países de la UE, en su conjunto, incluyendo
España, acordaron entregar la inimaginable suma de 1,73 billones de
euros para salvar a sus bancos.
El Estado español tiene comprometido entregar 100,000 millones de euros para salvar a la banca, pero éstos se ríen en la cara del Presidente Zapatero cuando éste le suplica dinero para las empresas cuyas quiebras están anunciadas.
El planeta tiene 6,700 millones de habitantes. Si se dividieran sólo
los 700,000 millones de dólares, anteriormente mencionados, entre los
6,700 millones de personas, cada uno/a recibiría 104 dólares.
España tiene una población de 46.063.511 habitantes. Si sólo
dividimos los 30 mil millones de euros ya entregados a la banca española
(de los 100 mil millones comprometidos) entre toda la población de
España, a cada uno/a le correspondería 652 euros. ¡Qué
indignante!, ¿Verdad? Y nosotros no reaccionamos. ¿Será
que los bancos nos han hipotecado hasta nuestra mínima capacidad de
rebeldía? ¿O es que los banqueros se han constituido en los
verdaderos clérigos de la nueva religión que nos mantiene dominados,
bajo la amenaza de mayor incertidumbre?
Está demostrado que a los banqueros no les conmueve la crisis, ni el
desempleo. Igual ellos seguirán lucrando con las hipotecas y con los
rescates financieros. Este tiempo de crisis exige decisiones inmediatas. El
control total del sistema bancario por parte de los estados, bajo la fiscalización
de la sociedad, sería una medida plausible. De lo contrario, ni las
políticas de asfalto, ante la caída del ladrillo, ni los rescates,
ni las plegarias a los bancos podrán prevenirnos de una inminente violencia
que terminará enfrentándonos a todos contra todos. Casi siempre
nos repiten que los culpables de la crisis económica somos los inmigrantes.
Ahora, ya comienzan a decirnos que los culpables somos cada uno/a de nosotros/as
por no consumir lo suficiente. Pero a los verdaderos responsables nadie los
nombra, ni los sanciona. Más, por el contrario, se los premia. ¿Para
qué mundo nos han domesticado?
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