A veces, callar es peor que mentir
Said Villavicencio,periodista y catedrático boliviano, La Paz, 24 marzo, 2009
La grandeza de las personas no se mide por la estatura física, sino por su obra, por su compromiso de gastar la vida en bien de los demás, como pensaba, decía y, en consecuencia, obraba el periodista y sacerdote jesuita, Luis Espinal Camps, una de las voces del silencio que jamás se cansa de hablar, denunciar y gritar a degüello su verdad, la verdad porque ésta siempre es una sola, por sobre las variopintas e infinitas lecturas que se puedan tener sobre ella.
El Lucho Eterno luchó, y aún lo hace, con la espada de su palabra y su ejemplo. Para quienes tuvieron la dicha y honor de conocerlo en persona, seguro que ls estampas compartidas con él, son los mejores pedazos de luz, amistad, fraternidad y consecuencia, que enriquecieron sus vidas. A él le debemos –quienes caminamos por el mismo sendero, pero en tiempos más postreros– un caudal de ideas, palabras escritas y acciones que guardan perfecta armonía y correlación, muy raro en los seres humanos.
Hoy, su obra lo sigue delatando: hacía lo que decía, decía lo que pensaba y, lo más importante, hacía lo que pensaba, pues se consideraba digno de sus propios pensamientos y no los temía, muy propio de las personas que lograron descubrir que la verdad es una sola y que ésta nunca debe ser inventada, creada, falseada, fabricada, como sucede en la actualidad, sobre todo en los estudios de televisión, radio y salas de redacción de los grandes medios de información.
Luis Espinal Camps –como periodista y crítico de cine– dejó un legado valioso para los periodistas, estudiantes y profesionales de la comunicación. También, principalmente en sus artículos publicados en Aquí, la denuncia muy bien sustentada, la crítica descarnada y profunda, la interpelación directa y abierta, la orientación sencilla y pedagógica, el ejemplo ilustrativo y terrenal… en fin, toda su obra libre de imposturas, mezquindades, afanes de figuración personal o institucional, que, lamentablemente, caracterizan, hoy, a no pocos que se reclaman de ser sus seguidores.
Para algunas personas ligadas a la defensa de los Derechos Humanos, periodistas y curas, como Eduardo Pérez Iribarne, director del Grupo Fides, el periodista y sacerdote, Luis Espinal Camps, es un excelente póster, pero jamás un prócer pues el Lucho Eterno, no debe ser un ejemplo a seguir, como lo sostiene Pérez Iribarne, con ello quitándole la substancia que hace de él lo que es en realidad: un fugado eterno de la cárcel del olvido, gracias a que supo descubrir que el único servicio que no mancilla es el servicio a la verdad que siempre está con los explotados que encarnan las fuerzas nuevas de la sociedad.
Luis Espinal Camps, nació en 1932, en Barcelona-España, allá estudió filosofía y teología. Más tarde, en 1964 estudió periodismo audiovisual y luego de concluir sus estudios ingresó a trabajar en la Televisión Española, cuando la dictadura franquista había impuesto la censura, hecho que le obligó a renunciar.
El 6 de Agosto de 1968, por primera vez, pisó tierra boliviana en su rol de sacerdote jesuita. Este hecho, sumado a su gran sensibilidad social, explican que en 1970, ya haya adoptado la nacionalidad boliviana, pocos meses antes de que el golpe militar de Hugo Banzer Suárez, en complicidad con el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) de Víctor Paz Estenssoro y la Falange Socialista Boliviana (FSB) de Mario Gutiérrez, iniciaran la sangría del 21 de agosto de 1971 e hipotecaran su futuro económico, al manejar las riendas del Estado hasta julio de 1978.
El Lucho Eterno, como trabajador de Radio Fides, en una ocasión, “se refirió a los nuevos cardenales como ‘el senado más viejo y decrépito del mundo...’, hecho que motivó un llamado de atención del Nuncio Apostólico, del cual no se retractó y renunció” . Este hecho, junto con otros episodios allí donde le tocó estar: Canal 7 (con su programa “En carne viva”), periódico Presencia, (como crítico de cine y columnista) Universidad Mayor de San Andrés (como catedrático), Grupo Ukamau (como productor de cortometrajes) y, por supuesto, escritor (autor de varios libros y periodista-director de Aquí, que él fundara en 1979), lo retratan de cuerpo entero.
Como luchador por los Derechos Humanos integró la Asamblea Permanente de los Derechos Humanos de Bolivia y fue un actor central en la huelga de hambre en 1977, junto con las cuatro mujeres mineras – Aurora de Lora, Luzmila de Pimentel, Nelly Paniagua y Angélica de Flores–, quienes exigían: amnistía general para los exiliados políticos, vigencia de las organizaciones sindicales y retiro del Ejército de los centros mineros. Gracias a estos luchadores, el “Dictador elegido”, como lo motejó a Banzer el periodista argentino, Martin Sivak, él se vio obligado a ceder y, poco después, como última jugada de su dictadura, a dejar el poder en manos de su delfín, el general Juan Pereda Asbún.
Su lucha –su obra– jamás le perdonaría la derecha
cavernaria que se incubó y multiplicó durante la dictadura
de Hugo Banzer Suárez. Así, el 22 de marzo de 1980, los pupilos,
admiradores y seguidores del Dictador elegido –Luis García Mesa
Tejada y Luis Arce Gómez, entre otros– empezaron a cobrar la
factura al Lucho Eterno y, después de él, seguirían con
otros que hoy forman el batallón de próceres asesinados y desaparecidos
que jamás supieron callar, porque estaban convencidos que,
a veces, callar es peor que mentir, su mejor legado y lección de vida,
sin duda alguna.
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