Inmigración y solidaridad
Rafael Fernando Navarro
La República.es
Las diversas leyes de inmigración publicadas en España pueden
resumirse en las siguientes coordenadas: Nosotros, que pertenecemos a un país
rico, tenemos un problema y en vuestra mano de obra está la solución.
En consecuencia, permitiremos la entrada exclusiva que se adecue a nuestras
necesidades y seremos nosotros, los poderosos, los que fijemos las condiciones
de vuestra venida.
Una ley concebida con este principal argumento corresponde a un país
endogámico, narcisista, que contempla su propio ombligo como centro
del universo. En el fondo subyace una conformidad capitalista que hace de
las diferencias humanas el muro vergonzante que separa a unos de otros. Los
ricos siempre tienden a aprovecharse de la esclavitud porque así disfrutan
de su propio complejo de superioridad. Todo debe hacerse dentro del orden
que emana del dinero y de un pensamiento político correcto y único
que no moleste a los propios conciudadanos. Porque lo que nos irrita de los
que vienen de fuera no es su color, su religión, sus costumbres, su
distinta concepción de la vida. ES SU POBREZA. Son aceptados sin reparos
los ejecutivos de Arabia Saudí, los sudamericanos (que no sudacas)
que hacen filigranas con un balón de fútbol. Pero los peruanos,
los del cayuco, los de la patera que traen anidada el hambre en las venas,
esos deben llegar con una previa legalidad contractual. A los primeros les
concedemos inmediatamente la nacionalidad española. Los segundos serán
ilegales mientras nos convenga para explotarlos en una economía sumergida,
carente de derechos civiles y sanitarios.
Nos sobra orgullo y nos falta solidaridad. Orgullo de nuevos ricos que nos
lleva a olvidar que hemos sido necesariamente emigrantes y no siempre legalizados
en origen como ahora se nos hace creer. Y nos falta una solidaridad que nos
obligue a comprender que ellos tienen un problema, que nosotros poseemos la
solución y que en consecuencia les alargamos la mano fraternal para
que emerjan de su pobreza y compartan con nosotros el pan caliente de la vida.
Y casi nunca nos paramos a pensar (porque no nos conviene) que es frecuente
que esos países africanos o sudamericanos carezcan de muchas cosas,
no porque no las hayan tenido, sino porque históricamente nos hemos
encargado de apropiárnoslas. El colonialismo europeo sabe mucho de
esto aunque ahora se justifique por razones de un pasado oscuro y ya superado.
Los países europeos maquinan una estrategia que contenga la marea humana
de la inmigración. El gobierno italiano en tiempos de Berlusconi llegó
a pensar en la posibilidad de enviar cañoneros, no sabemos si para
disuadir o directamente matar. En España el partido de la oposición
enardece a las multitudes criticando regularizaciones que ponen en peligro
nuestra estabilidad económica. Se dice abiertamente que si la sanidad
no funciona bien es porque hay que atender a toda esa multitud que se nos
ha colado por las fronteras. Hemos hecho de la legalidad la norma suprema
de la vida. Lo importante no es el factor humano, sino la ley. Se habla del
peligro que corre nuestra cultura si nos la dejamos arrebatar por otras extrañas.
Y el mestizaje lo concebimos como una degradación. Hay más nazismo
del que creímos eliminar con la finalización de la segunda guerra
mundial.
Izquierda y derecha se colocan por encima de lo humano para situarse al lado
de unas leyes que declaran ilegales al hombre. Habría que tener muy
claro que unas leyes arbitradas para declarar ilegales a los hombres son en
sí mismas perversas y destructoras de una visión antropocéntrica
irrenunciable.
¿Y la Iglesia? Está ocupada en su medios de financiación,
en condenar a gays y lesbianas, en estudiar concienzudamente si se debe volver
a celebrar la misa en latín y en proclamar (oh paso gigante de modernización)
que el limbo no existe.
Voy a buscar un rincón para llorar a escondidas mi condición
de hombre rico y europeo.
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