Jardín Abierto: Denunciar sin
demora los Acuerdos con el Vaticano
Jose Carlos Fajardo, Madrid, 23 Oct 2007
http://lacomunidad.elpais.com/jubilateria/posts
Suscribo el contenido de este Editorial. Junto a la política provocadora
de la Emisora de los Obispos, insultos, calumnias y amenazas, después
de la impertinencia de la condesa consorte para allanar el camino y poder
llevarse a Telemadrid al incendiario de la COPE, después de la entrevista
con el obispo emérito Setién con motivo de la salida de su libro,
ante la actitud sectaria y provocadora que supone ese show en el vaticano
con todos los obispos españoles arma en ristre, después del
pavoroso silencio de la Iglesia española ante los crímenes y
fusilamientos de la dictadura...después de tanta miseria, crueldad
metal, codicia e hipocresía creo que habría que movilizarse
a todos los niveles para pedir al Gobierno que denuncie los anacrónicos
privilegios consagrados en los Acuerdos con el Vaticano que sucedieron al
último Concordato. Volverán a atizar otrra cruzada... actuarán
de pirómanos y después orarán por la patria una, católica
y anestesiada. JC
El próximo domingo, el Vaticano beatificará a 498 nuevos mártires
en una solemne ceremonia que tendrá lugar en la plaza de San Pedro
y que contará con la asistencia del papa Benedicto XVI. La beatificación
colectiva más numerosa de religiosos asesinados durante la Guerra Civil
ha sido enérgicamente impulsada por la jerarquía eclesiástica
española, que ha negado, sin embargo, cualquier intención de
contrarrestar con este acto la reciente aprobación de la Ley de Memoria
Histórica. Si la Conferencia Episcopal no hubiera mostrado la beligerancia
política de la que ha hecho gala durante los últimos años,
esta declaración podría tener alguna verosimilitud. Pero su
persistente e indisimulado activismo político le restan cualquier valor.
Como en la polémica acerca de la asignatura de Educación para
la Ciudadanía o, incluso, en el reciente acoso a algunas instituciones
y magistraturas del Estado, la Iglesia sigue reclamando en la vida pública
española un espacio que no le corresponde.
Pero, además, sigue reclamándolo desde unas posiciones abiertamente
partidistas, cuando no directamente sectarias, tanto en lo que se refiere
a los asuntos de actualidad como en lo relativo a la reciente historia del
país. A diferencia de lo que cabría esperar de una institución
que dice estar al servicio de los mensajes evangélicos, la jerarquía
eclesiástica española no pretende colocarse en una posición
que contribuya a serenar los debates, sino que sólo se propone ayudar
a que triunfen aquellas opciones que considera las suyas. La beatificación
del próximo domingo obedece a esa lógica: proclamar la condición
de mártires para 498 víctimas de un bando de la Guerra Civil
y no compadecerse siquiera de las víctimas del otro es una prueba de
ceguera que sólo puede explicar el sobrevenido fanatismo de la Conferencia
Episcopal. Sobre todo cuando, habiendo sido la Iglesia beligerante en la contienda,
hasta el punto de conceder a una rebelión militar la consideración
de cruzada y de haber honrado a su máximo dirigente bajo palio, la
jerarquía eclesiástica no ha reconocido nunca el error de haber
apoyado a un ejército sublevado que hizo del terror un instrumento
habitual, luego prorrogado durante una interminable dictadura.
La jerarquía eclesiástica española ha renunciado a la
autoridad moral en favor de la militancia política. Después
de tres décadas de libertades democráticas, la sociedad española
ha sabido avanzar en otra dirección, y por eso no se puede reprochar
a la Iglesia que distinga como mejor estime a unas víctimas que considera
las suyas. Lo que se le debe reprochar es, precisamente, que establezca una
mezquina distinción entre las suyas y las que no lo son. El propio
Vaticano parece haber mantenido por esta razón algunas reservas hacia
el acto que se celebrará el próximo domingo, sólo vencidas
por la insistencia de los obispos españoles. Éstos aseguran
que España es país de mártires. No es necesariamente
un timbre de gloria; también puede ser un motivo de espanto que habría
que conjurar.
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