"Emigrante negra, de 50 años, busca trabajo"
Mirtha Gómez, cubana
Reside en España: 11 años
Así debe decir el próximo anuncio que inserte en el periódico, para evitar tantas llamadas inútiles y entrevistas de atrezzo que llevo haciendo durante muchos años, desde mi llegada a España, en el año 1995.
En Cuba, mi país, hay un viejo refrán que dice: “Si yo llego a saber que el perico era sordo, yo paro el tren”.
Uno sale de su tierra llena de ilusiones y planes, con la idea fija de trabajar mucho, ahorrar todo lo que pueda, para ayudar a tu familia y traer a los hijos o a los padres también para acá.
Los latinoamericanos emigrantes nos dividimos en dos grupos: los del sueño americano y los del sueño europeo. Yo, aunque hubo una época de mi existencia en Cuba que me hubiera ido hasta para la Conchinchina, siempre albergué la esperanza de emigrar a España. No sólo por lo de la Madre Patria, también por la ventaja de hablar el mismo idioma y creernos erróneamente que al llegar aquí nos recibirían como a los hijitos queridos que nos hacen sentir cuando van de turistas a nuestro país, cuando nos dan esa imagen de solvencia, de tolerancia, progreso y libertad.
De los años de la esclavitud, cuando los amos españoles se revolcaban con las negras sudadas en los barracones, se ha difundido el mito de que a los españoles les encanta la gente negra, lo que le hace pensar a una que será bien recibida y aceptada con naturalidad, por lo menos en las relaciones tanto sociales como amorosas. Pero ni una cosa, ni la otra. En estos casi nueve años que llevo aquí, a pesar de ser una mujer extremadamente honesta, sincera, luchadora y formal, con un buen nivel cultural, con muchas ganas de trabajar y ser útil, siempre me he encontrado con la misma problemática a la hora de buscar trabajo: la edad y el color. En este país, cuando pasas de cuarenta años es como si ya no tuvieras derecho a existir, en el aspecto laboral y también para encontrar pareja.
Si enumerara la cantidad de entrevistas a las que he asistido, después de haber concertado la cita por teléfono, para optar por un trabajo, y al llegar, casi sin dejarme hablar, me han dicho que ya estaba ocupada la plaza, necesitaría un rollo de papiro de los egipcios de la antigüedad. Se ha repetido tantas veces, que lo que había sido sólo una sospecha se ha ido convirtiendo en una evidencia. Confieso que eso llega a aplastarme en algunos momentos.
Varios empresarios, a los cuales admiro por su sinceridad, me han sacado de dudas cuando me han confesado que si fuera un poco mas “clarita”quizá me hubieran podido contratar. A pesar de que las plazas a las que he aspirado en esos casos han sido de limpiadora, camarera, fregadora o ayudante. Yo no veo la relación con la piel clarita y tener una fregona en la mano, o lavar unas cazuelas. Pero bueno, eso es lo que hay.
En el tema “Hombres” estoy totalmente desfasada. Los más jóvenes no quieren compromiso, los mayores quieren jovencitas. Los de mi edad, o son casados, o tienen muchos prejuicios, o son medio tontos. El caso es que he llegado a los 50 años, y después de llevar tanto tiempo aquí, sigo sola y sin un trabajo firme que me permita salir a flote, con el agravante de que tengo dos hijos que mantener.
La vida de una emigrante sola, lejos de su país, de todos los suyos y de todo lo que fue su vida hasta los 40 años, ya de por sí es dura, pero si a eso le sumas ser de raza negra y una honestidad extrema, mi situación puedo resumirla en tres palabras: lo tengo crudo.
http://www.danae.org.es/
| Voz-Latina.com | |||||||||||
| pagina de inicio | |||||||||||
![]() |
|||||||||||
|
|||||||||||