Vicisitudes de una española en los trasiegos de Extranjería

María Ángeles Sallé, experta en Inmigración, relata en este artículo de opinión su experiencia en las colas que, frente a la comisaría general de Extranjería, cada día recorren cientos de inmigrantes esperando regularizar su situación

María Ángeles Sallé*. Fotos y testimonios: Aída Sánchez/Canal Solidario (11/05/2007)


La Comisaría de General Pardiñas es bien conocida por todos los inmigrantes que residen en Madrid. Cualquiera de ellos ha tenido que afrontar en un momento u otro la kilométrica cola que, discurriendo por las calles del aristocrático Barrio de Salamanca, va a desembocar en la ventanilla donde se acreditará su legalidad.

La fila se mueve con agobiante lentitud, como si este último paso tuviera algo de prueba definitiva, de rito peregrino al que el inmigrante debe someterse si desea escalar, ¡menuda ironía!, desde su país desfavorecido a uno enriquecido a su costa. Pero, al final del viaje, lo que se encuentran es una muralla de cancerberos custodiando la entrada del paraíso.

La peregrinación de los papeles


Toda esa gente que durante horas y horas llena de colores y acentos las calles que rodean la oficina de extranjería, habla alto pero protesta bajito, no vaya a ser que un inoportuno desliz les ponga de patitas en la frontera. Ninguno se lo puede permitir, así es que se arman de una infinita paciencia y se cuentan vida y milagros mientras la peregrinación documental sigue su curso.

Si te das una vuelta por el lugar, verás a una cubana llamada Ligia que trabaja en una residencia de mayores. Y a Sebastián y a Stanislaw, un par de polacos madrugadores cuyos papeles se siguen resistiendo tras once horas de hacer y rehacer la fila, porque siempre les queda pendiente algún certificado. Te toparás con dos bengalíes trajeados y elegantes que hablan de sus cosas sin inmutarse, completamente ajenos a los rigores climáticos y al trajín. Podrás intimar con estudiantes argentinas o mexicanas que cursan doctorados en España, sin comprender por qué su afán de atesorar conocimientos merece semejante castigo.

Verás como Stella, la colombiana que cuida dos niños para mantener a los tres hijos que dejó en Pereira, abandona después de cuatro horas porque el trabajo que le espera no entiende de burocracias. Escucharás un pequeño revuelo cada vez que alguien intenta colarse. Es fácil que seas testigo de algún incidente con Doña Carmen, una viejecita del barrio que protesta airadamente porque le han cambiado el paisaje y ella ya no puede salir de su propia casa sin sentirse extranjera.

Te asomarás discretamente a corrillos de dominicanas y ecuatorianos que comparten similares historias y esperanzas, salpicadas con pizcas de sarcasmo. Mirarás con pena a unos cuantos muchachos solitarios, provenientes del sur del sur del sur, que avanzan arrastrando los pies sin levantar los ojos del suelo. Y querrás regalarle tus zapatillas de felpa a Rosita, una de las muchas embarazadas que acarrean, paso a paso, sus barrigas hinchadas sin apearse de unos tacones de vértigo.

Todo esto lo sé porque el 25 de abril estuve cuatro horas con ellos sudando a chorros, que es lo que tocaba aquel día de sol. En realidad iba a hacer una consulta –se supone que rápida- en nombre de otra persona después de llamar, infructuosamente y durante más de una semana, a los teléfonos habilitados a tal efecto por el Ministerio del Interior. Visto el éxito, no me quedó otro remedio que acudir allí pues el interesado estaba fuera del país, la cita estaba marcada para esa mañana ¡y cualquiera se arriesgaba! Me acerqué, decidida, a uno de los policías de la puerta.


- …Quisiera hacer una pregunta: ¿Po…?
- ¡A la cola!
- Señor, que yo sólo pretendo saber si puedo recoger…
- ¡A la cola!
- Pero…
- Métase en la cola, señora, que un funcionario pasará por allí y entonces va y le pregunta lo que quiera.
- Oiga…
- ¡A la cola!

Y a la cola me fui, gacha y obediente. Cuando logré reaccionar, más o menos tras una hora que transcurrió sin atisbar al anunciado funcionario móvil, regresé donde aquel policía para insistir en mi derecho inalienable a hacer la pregunta de marras. A esas alturas portaba ya un ánimo entre indignado y suplicante.

- Señor, mire…
- A ver, ¿qué hace usted aquí?, ¿no le he dejado claro que aquí no se puede estar?
- Ya, ya, disculpe, pero es que no me parece lógico hacer horas y horas de cola para solicitar una simple información.
- Pues mire señora, esto es lo que hay.
- ¿Cómo ha dicho?
- Ya me ha oído usted. Que esto es lo que hay y, si no le gusta, tiene otros muchos países donde marcharse.
- …..
- ¡Y vuelva a la cola ahora mismo, por favor!

No me lo podía creer. Eso me estaba pasando a mí, española con DNI y un correcto ceceo, de color lechoso, buena altura y vestida con traje de marca. ¡A mí! En un Madrid plenamente instalado en el siglo XXI. Entonces... ¿te imaginas lo que le podría pasar a un inmigrante varón, bajito, cejijunto y de color café?

¿Qué hago, me voy o me quedo?

Pasados unos días del incidente, he estado venga a deshojar la margarita a ver si tomo en cuenta la recomendación de aquel poli y hago la maleta para buscarme destinos más propicios. Pero, después de sopesar seriamente el asunto, mi decisión final ha sido: ¡pues va a ser que no! porque, qué caray, ésta es mi (segunda) tierra, la quiero y me gusta vivir aquí.

Aprovechando este impulso reflexivo, me he permitido también hacer un pequeño balance de nuestros recursos, habilidades y límites, concluyendo, ¿sabes qué?, que el nuestro es un país que está perfectamente capacitado para gestionar una cola con eficacia y dignidad. Que, si quiere, puede hacerlo de cine, más aún cuando ha organizado brillantemente Olimpiadas, Cumbres, Exposiciones Universales o Copas de América. Y aboga con firmeza a favor de la modernización, la sociedad de la información o la e-Administración. Y se proclama miembro orgulloso de la Europa de primera velocidad. Y sabe que su economía crece gracias, entre otros factores clave, a la aportación de sus inmigrantes. Y es, sobre todo, un país abierto y democrático, donde los derechos de ciudadanía se han conquistado a puro pulso.

Por todo ello, voy a proceder de inmediato a devolverle amablemente el consejo al policía (tómelo usted, amigo, y váyase a otro país si es eso es lo que le apetece). Y me permitiré, igualmente, ser yo quien lance ahora algunas recomendaciones que, entiendo, son muy sencillas de aplicar en un espléndido país del primer mundo llamado España.


1. ¿Qué tal si se modelizan los procedimientos y elaboran/distribuyen guías sencillas, traducidas a los idiomas más utilizados por nuestros inmigrantes?


2. ¿Y no podría habilitarse un teléfono de información con líneas y personal suficiente para atender consultas previas a los procesos de tramitación? ¿No sería posible hacer algo parecido a través de Internet?


3. ¿Y establecer de verdad servicios de atención con cita previa?


4. ¿Cuánto costaría reforzar el personal dedicado a estas tareas y proporcionarle formación sobre cómo atender a la ciudadanía, sin distinciones de ningún tipo?


5. ¿Qué les parece si animamos a periodistas, autoridades institucionales y asociaciones a realizar visitas periódicas a las oficinas de extranjería y, si fuera menester, invitarles a hacer la cola completa para que vivan en carne propia la experiencia? ¡Apuesto a que no se les olvida!


España es un país con una gran cabeza y un gran corazón, que ha forjado con mucho esfuerzo un Estado de Derecho. Por eso, de ninguna manera podemos dejar que quepan en ella estas colas de la vergüenza.

Defender este principio legal y ético representa –no sólo para mí sino para otros muchísimos ciudadanos- una extraordinaria razón para quedarse. Una más entre las muchas que nos ofrece nuestra maravillosa España democrática.


* María Ángeles Sallé es consultora experta en inmigración y presidenta de Fundación Directa, entidad que coordina Entre dos Orillas, proyecto dirigido a potenciar la cultura de la diversidad y la integración de los inmigrantes en la Comunidad de Madrid.

"2007 va a ser mi año de suerte"

Con ojos de sueño Stancio nos explica que ha llegado a la gran cola de la comisaría general de Extranjería y Documentación a las siete de la mañana y que no espera acceder al edificio hasta por lo menos las once. No es un novato en esto de las esperas.
Desde que llegó de Bucarest hace ya tres años le ha tocado acercarse a la calle del General Pardiñas en varias ocasiones.
“Desde que Rumanía entró en la UE a principios de año todo es más fácil”, explica. “Lo hemos pasado mal estos años y esperábamos ansiosos al 2007. Yo tengo claro que éste va a ser mi año de suerte”, afirma Stancio, que ha tenido que pedir varias mañanas libres en su trabajo en la construcción para poder acercarse a la comisaría.
“Primero tuve que hacer una cola para conseguir la cita de hoy. Ahora, aunque tenga la cita fijada, sé que voy a tener que esperar varias horas pero me da igual porque por fin me van a dar la Tarjeta Comunitaria. No sabéis lo que eso significa para los rumanos”, concluye antes de volver a situarse en la cola y no perder su turno.


"Aguantamos frío, calor... lo que toque"

 


“La media de espera en esta comisaría es de unas cuatro horas”, explica Giodi. “Hoy hace buen día pero aquí esperando para regularizar nuestra situación tenemos que aguantar lluvias, calor, frío, lo que toque...”, comenta este pintor llegado desde Brasil.
“Hace siete años que llegué a España y he pasado por todo tipo de cosas. Había momentos en que pensaba que nunca iba a conseguir los papeles, ahora después de tanto tiempo ya tengo las cosas mucho más fáciles, pero no me parece justo que nos hagan pasar por esto. Deberían organizarse mejor, dar más información, agilizar los trámites y formar mejor a las personas que nos atienden”, afirma el brasileño.
Cinco ideas…con el ánimo de mejorar.

 

 

"Nadie nos explica nada"


En la cola que a las ocho y media de la mañana ya rodea completamente el edificio de la comisaría de General Pardiñas, se compadecen de la colombiana Claudia Marcela. Su cara de desolación y cansancio es la muestra de que algo no funciona bien. “Llevo en la cola desde las seis y media de la mañana y ahora, casi tres horas después, cuando ya me toca entrar me dicen que para renovar mi tarjeta me tengo que dirigir a la comisaría de Aluche y ya no me da tiempo porque tengo que volver al trabajo”, se lamenta.

“Nos tratan fatal y la falta de información es absoluta”, explica. Claudia Marcela lleva cinco años en España trabajando en un almacén. “Antes las colas eran más o menos normales, te ponían problemas porque siempre te faltaba un papel, un certificado o algo, pero las esperas eran, como mucho, de un par de horas. Ahora la situación es insostenible. La gente viene de madrugada y como parece que se han descentralizado los servicios hay una gran desinformación, nadie nos explica nada”.
Buenos días, señor policía.

 

"Soy la envidia de mis compatriotas"


Redovane es la tercera vez en los últimos cinco días que se acerca a la comisaría. Él también llegó a las seis y media de la mañana y no es para nada el primero de la cola. “Soy la envidia de muchos de mis compatriotas marroquíes porque es cuestión de días que me den la tarjeta de residencia”, explica orgulloso Redovane. “Me casé con una mujer española y pedí la tarjeta hace más de cuatro meses; esta semana estoy intentando informarme de cómo va el trámite, pero todavía no he conseguido llegar a entrar a la comisaría porque a las nueve de la mañana tengo que estar trabajando. Soy pladurista y me gusta mucho el trabajo pero mi jefe no tiene tanta paciencia como para dejarme estar aquí tantas horas”, explica.

 

 

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